Precedente
La historia de la animación en el cine es, en esencia, la historia de la evolución del propio lenguaje audiovisual. Desde Blanca Nieves y los siete enanos (1937), Walt Disney inauguró un canon que convirtió el dibujo animado en espectáculo global, con técnicas pioneras como la animación sobre celdas de celuloide y la cámara multiplano, que otorgaba profundidad y dinamismo a las escenas. Ese gesto fundacional marcó el inicio de la animación como industria, y estableció una forma y una estética que dominarían durante décadas.
Con la irrupción del CGI en los años noventa, liderada por Pixar con Toy Story (1995), la animación se transformó en un terreno tridimensional, capaz de reproducir texturas, volúmenes y movimientos con un realismo hasta ese momento nunca visto.
DreamWorks, con Shrek (2001), rompió los moldes del cuento de hadas clásico y abrió la puerta a narrativas más irreverentes, cargadas de humor posmoderno y referencias culturales que atrajeron a todos los públicos. La animación dejó de ser un territorio exclusivo de la infancia para convertirse en un espacio de experimentación narrativa y estética que, de vez en cuando, recoge frutos. La isla olvidada trasciende como una obra que dialoga con esa tradición y la revitaliza.
Una visión innovadora
Dirigida por los estadounidenses Januel Mercado y Joel Crawford, la película se distancia de la saturación cromática y del efectismo vacío que han caracterizado producciones recientes como Moana 2 (2024), apostando por una paleta equilibrada y una narración que privilegia la emoción sobre el artificio.
Una gran historia
La historia se centra en Jo y Raissa, dos amigas que descubren un portal hacia Nakali, una isla inspirada en la mitología filipina, que se convierte en metáfora sobre la memoria, la identidad, la amistad y el precio de crecer, que aparecen acompañadas de grandes personajes como un demonio bebé, que representa una maldad infantil que no existe si se la ve de modo diferente; un sireno tan lleno de humor que resalta por sí mismo; y un perro humanoide que es un activador dramático para el tercer acto, que ofrece una lección de perdón hacia el pasado; entre muchos buenos personajes.
Es notable cómo la cinta integra elementos del folclore asiático sin caer en la tentación de mostrar lo exótico ni dedicarse a la venta pintoresca de un lugar milenario. Los directores emprendieron un viaje a Filipinas para nutrirse de las tradiciones locales, investigación que se traduce en criaturas, paisajes y símbolos que enriquecen la trama con autenticidad, sin verse forzada ni ser la versión de otra cosa. De allí surge su frescura natural en cada plano.
La ausencia de un villano convencional es otro acierto: la tensión dramática no proviene de la confrontación externa, sino del dilema interno de las protagonistas, obligadas a tomar decisiones que generan puntos de giro interesantes. Sin embargo, esta no es el alma de la historia, pues los directores buscaban algo más potente para la construcción narrativa, que se traduce en una ilación habilidosa de tres actos llenos de creatividad y equilibrio. El resultado: una historia que sorprende por múltiples factores, que no deja nada al azar, y que convierte La isla olvidada en una de las mejores películas del año.
La manera de mostar que se puede hacer algo diferente
La película, además de un lenguaje cinematográfico potente y atractivo, articula sus personajes con una dinámica ágil. Cada uno deja una gran recordación, ya por el perfil de las amigas, o por la forma como el tiempo marca los cambios en cada persona y sus decisiones. Por ello, se podría denominar La isla olvidada como una animación de la memoria, donde el conflicto central no se resuelve con la derrota de un antagonista, sino con la reflexión sobre lo que significa perder, recordar y crecer.
La cinta dialoga con obras como El gato con botas 2 (2022), que también exploraba la fragilidad de la existencia, y con series como Arcane (2021), que demostraron que la animación podía ser un vehículo para narrativas adultas, complejas y emocionalmente densas. Al tomar riesgos, se convierte en un referente.
Una buena narrativa
Más allá de su impecable factura técnica, la película destaca por la madurez de su guion y su estructura bien lograda, que no deja nada al azar ni recurre a decenas de personajes para vender juguetes. Una de sus fortalezas está en la inteligencia de sus diálogos: el humor no es gratuito ni un simple recurso para aligerar una narrativa débil, que surge de la interacción genuina entre los personajes. Las secuencias fantásticas se equilibran con momentos íntimos que refuerzan la dimensión humana de la historia. El resultado es una obra que no busca deslumbrar con artificios, sino conmover con sinceridad.
También, el guiño al apretón de manos de Depredador (1987), una de las escenas más icónicas de la historia del cine de acción, ocurre al principio de la película cuando el mayor Alan «Dutch» Schaefer (Arnold Schwarzenegger) se reencuentra en la selva con su antiguo compañero George Dillon (Carl Weathers). Este gesto demuestra que, definitivamente, las cosas buenas del cine se conectan y siguen respirando a través de los realizadores y de las maravillosas influencias que trascienden el tiempo.
Conclusión
La isla olvidada representa un punto de inflexión en la animación contemporánea, demostrando que lo genérico no es una estrategia de éxito fácil y que una franquicia no es la única fórmula capaz de crear gran recordación en el público. Hoy día muchas películas son olvidables, pero esta se convertirá en un referente narrativo y estético, recordando que el verdadero poder del cine animado no reside únicamente en la innovación tecnológica, sino en su capacidad para contar historias que trascienden lo visual y se convierten en experiencias emocionales y culturales.
Esta cinta de 1 hora y 49 minutos es una aventura imperdible en cines, una joya que devuelve a la animación su vocación original: la de ser un arte capaz de imaginar mundos imposibles para hablar de las verdades más profundas de la vida. Nos recuerda que todo ser humano está construido de recuerdos y que la vida se basa en pequeñas victorias y derrotas que forman nuestra versión más íntima de cómo nos vemos a nosotros mismos. ¡Salud!
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