Al llegar a la estación Estadio, habían tres taxistas: Uno distraído con un cigarrillo en la mano y el celular en la otra y los otros discutiendo por un tema que no alcancé a percibir. Les pregunté por el Manicomio de Muñecos, los dos que debatían se miraron extrañados, y el más anciano exclamó:
* Joven, si desea yo lo llevo al Sanatorio Mental de Bello.
* No señor, yo voy para el teatro Manicomio de Muñecos – respondí.
Los taxistas se volvieron a mirar y el más obeso hacía comentarios, mientras que el más anciano largaba una carcajada. Hablaban entre risas especulaban acerca de la posible ubicación del lugar y continuaban con la conversación como si yo no estuviese ahí. Al verlos tan perdidos, saqué el celular y busqué la dirección: Cll32ee #82-26 y de inmediato, el anciano dijo que me llevaba.
El recorrido fue breve, no más de quince minutos y ya habíamos encontrado la dirección. Cancelé la carrera y el taxista se fue. Observé el lugar y si no es por los distintos letreros que decían Manicomio de Muñecos, el sitio pasaría desapercibido, una casa más del barrio Laureles.
Toqué el timbre y al balcón se asomó una la señora del aseo:
* Buenos días ¿a quién necesita?, preguntó.
* Buenos días, estoy buscando a Liliana Palacios.
* Espere un segundo.
Luego de unos segundos de espera, la puerta la abrió un joven alto, moreno, de pelo negro:
* Buenos días ¿a quién necesita?
* Buenos días, estoy buscando a Liliana Palacios.
* ¿De parte dé?
* Duver Alexander, es para la entrevista.
Miró hacía dentro y me dijo que pasara, que Liliana ya bajaba.
En la sala habían unas cuantas mesas de madera, coloqué el bolso en una de ellas y miré los afiches colgados en las paredes. Todos hacían referencia a festivales de títeres que ya habían pasado y los horarios de las presentaciones. En la pared que daba a las escaleras que conducían al segundo piso, habían colgadas unas máscaras de arlequines.
Mientras seguía mirando, apareció Liliana Palacios, una señora de mediana estatura, vestida con un pantalón azul, una camisa manga larga y unos zapatos de color café. Liliana nació en 1964 y empezó en el mundo de los títeres cuando tenía solo diez años y ya suma cuatro
décadas siendo la Directora de Manicomio de Muñecos, uno de los teatros de títeres más antiguos de la ciudad de Medellín.
Su abuela fue la primera persona que la apoyó en esa determinación de niña. Cuando Liliana le contó su deseo de ser titiritera a su abuela, ella le hizo con una sábana vieja once vestidos iguales, hecho que marcó el inicio de Manicomio de Muñecos.
Una decisión de niña – como ella la llama – determinó su existencia. Ni siquiera el ingresar a la Universidad Nacional a estudiar arquitectura, la desvió. La arquitectura fue o es un hobby y los títeres lo que justifica su paso por este mundo.

Se sentó y conversamos un poco:
¿Qué la llevó a inclinarse por el teatro de títeres?
Esa fue una decisión de niña, una decisión motivada, tal vez, por una intuición, por un gusto infantil o un juego pero que se quedó arraigada. Toda la vida tuve claro que iba a ser titiritera.
¿Su familia cómo tomó la decisión?
Inicialmente lo tomaron como la niña que quiere jugar con muñecos y me alcahuetearon el juego. Empecé a hacer funciones y dejaban entrar al patio de la casa hasta 80 personas. La única condición era que no tocarán las paredes porque las ensuciaban.
Siempre tuve el apoyo de mi mamá, incluso ella era la que me tomaba las fotos en cada función – a mí no me gustan las fotos – y me decía que guardara toda las notas que me sacaban en los periódicos. “Guárdelas, usted no sabe dónde va a llegar, mejore las condiciones del grupo, del teatro, usted no sabe dónde va a llegar”, decía. Eso, de una u otra manera, me impulsaba.
¿Recuerda algunas de sus primeras lecturas?
Yo leía mucho cuando era niña y en la biblioteca del colegio descubrí unos libros muy interesantes, entre ellos dos de la española Ángeles Gasset: Títeres con Cabeza y Títeres con Cachiporra. Después empecé a investigar, a ir a la Universidad de Antioquia, y me encontré un libro de Mane Berna, una argentina que fue mi maestra a la distancia.
¿Cómo fue esa etapa del colegio, cómo la veían los compañeros?
Como la niña rara, la diferente, la loca (risas).
Me contaba que estudio arquitectura en la Universidad Nacional, ¿en qué momento decidió estudiar esta carrera?
Ya era una profesional en los títeres, ya había hecho mucho con los títeres… Mi idea estaba clara: le dije a mi mamá que quería ser arquitecta como hobby.
Cuando le iba a preguntar por las personas que han tenido gran influencia en su vida, apareció un señor alto, calvo y de gafas. Tenía una cámara colgando de una tira en su cuello y portaba un chaleco que en su espalda tenía un logo del periódico El Colombiano.
* Buenos días, dijo.
* Buenos días respondimos Liliana y yo.
* ¿Qué haces por aquí? Preguntó Liliana.
* Estaba donde mi héroe.
* Está bien.
* Hasta luego
* Hasta luego, respondimos.
Retomamos.
¿Cuáles han sido las personas que más la han marcado?
Mi mamá, a ella le debo todo lo que soy. Una mujer de armas tomar, disciplinada. Mucho de lo que sé se lo debo a ella.
¿Cuándo no está haciendo teatro a qué se dedica?
Lo que pasa es que todo tiene que ver con el teatro. Me encanta viajar pero me gusta más viajar haciendo teatro. Disfruto combinar esas dos cosas. Que los títeres me permitan viajar es fantástico.
¿Sobre qué otros temas le gusta leer?
Lo que tenga que ver con el teatro y la ciencia ficción. En mi juventud leí mucho a Kafka, Albert Camus, mucho existencialismo. Sin embargo, me gusta leer mucho sobre títeres porque me enriquece.
¿Cuál fue el último libro que leyó?
Todavía estoy leyendo un compendio que hizo una chica sobre el teatro en Colombia.
¿Practica algún deporte?
Hasta los 24 años, de ahí para acá murieron. Monté bicicleta, jugué baloncesto, fui judoca, practiqué natación, tenis de mesa, pero desde los 24 años murieron.
Por cultura los colombianos somos amantes al fútbol…
Yo no, lo odio. Me parece un deporte que mueve las masas de una manera muy absurda, y me parece terrible cuando el público se masifica y se hace matar por un equipo. Si hay un buen partido, me siento y lo disfruto pero no soy de las que apuesta, hace la polla o va al estadio.
¿Cuáles son las personas que más admira en el mundo del teatro?
A Cristóbal Peláez. Me parece una persona muy inteligente. Es un hombre muy tenaz ser capaz de sacar adelante el Teatro Matacandelas con tan buenas propuestas. También admiro mucho a mi socia Alejandra Barrada. Manicomio de Muñecos no sería lo mismo o no estaría aquí sin ella. Para mí es la mejor dramaturga de títeres que tiene el país. Nunca montaría una escena que no fuese escrita por ella. También admiro a mi tío Jorge Hernández, es un artesano muy bueno y una persona muy noble.
¿Por qué no tuvo hijos?
Porque soy inteligente (risas). Hay varias razones, la primera es que yo creo que el ser humano no termina de formarse como para ponerse a criar a otro ser que viene a un mundo que cada vez se pone más difícil. Segundo, siempre he creído que cuando uno está metido de lleno en una profesión, se entrega de manera total. El titiritero es itinerante, se mueve, hoy está en Medellín, mañana en España y después en Argentina. Yo decidí ser titiritera toda la vida y por eso decidí no tener hijos.

El reportaje estaba pensado para una hora, sin embargo, dejé de mirar el reloj luego de que a Liliana se le iluminarán los ojos cada que mencionaba los títeres o el teatro y todo su mundo. Al ver esa pasión infantil de la que hablaba de su vocación, venía a mí el recuerdo de esa misma pasión con la que alega un niño cuando está jugando, un hincha de fútbol cuando grita un gol o cuando un lector se compra un libro de su autor favorito.
Terminamos hablando de sus gustos por el rock y las baladas, de los medios de comunicación, de política y otros temas
Le pedí que posara para una foto y a pesar de que no le gustan, posó muy amable – foto que no utilicé por mi falta de sentido periodístico en la fotografía, según mi maestra de la universidad y que por cierto tiene mucha razón –.
Comprobé que un manicomio puede nacer de la mente de una niña de diez años. Me despedí y al salir del Manicomio de Muñecos, ingresé de nuevo al manicomio de la calle, al manicomio del ruido de los carros, de las construcciones, al ruido de la ciudad. Salí del Manicomio de Muñecos, para caminar nuevamente por el Manicomio de Medellín.
- La Mente de Diez Años que Fundó un Manicomio - 19 marzo, 2016
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