Asistir a la música de Gregorio Merchán es asistir a la música de un amigo. Desde antes del lanzamiento del álbum conocí algunas de sus pistas en cocción, en proceso. Y si, en tiempos del miedo, en tiempos del encierro y del cambio, en los tiempos cuando nos quitaron a los otros, para “salvarnos”, Gregorio tuvo la energía, que nunca le ha faltado, para hacer, para crear, para participar de la alegría de la música suya y de los otros, con una calidad que vuelve a este disco, difícil de etiquetar, en una obra de la música del mundo, en una expresión viva, sutil y poderosa, de lo contemporáneo. De manera que es una celebración cuando el mundo se adormece, y todos vamos perdiendo de a pocos y sin quererlo ni saberlo, el sentido y el ánimo de aquello en lo que habíamos creído siempre. Si este disco promete algo es regresarnos a nuestra raíz en la luz de la música, de la creación, del viaje interior que se vuelve universo.
El sonido del disco, comenzando –en desorden- por pistas como “Lupe no vino”, es electrónico y de producción manual, se hace “tocándolo”: es música en vivo y eso se transmite en la digitación de teclados rítmicos, en la batería, en la ambientación. Su velocidad habla del movimiento, de salir, con voces eventuales de bebes y una mezcla que se va tejiendo en texturas livianas para agitar los minutos quietos, y para describir metafóricamente la velocidad -post “Koyaanisqatsi”- del mundo que conocimos antes de la pandemia y que sigue vibrando, corriendo, bailando al son de la rotación, la traslación, como planeta que gira hacia el amanecer, o hacia la galaxia tocando la puerta de un nuevo lugar, más esperanzador, más vivo, algo como lo que éramos antes/somos aún.
“Asfixia” es el grito desde la noche del alma. A ritmo de bosque Bjorkiano, avanza percutiendo troncos de árboles y se asoma al abismo del ser mismo. Este tema es la voz del que golpea las paredes para salir. El ritmo que abre compuertas, las del cuerpo, ventanas que dan al desierto, seco, pero extenso y amplio. Es la no respuesta a la pregunta por la existencia; tomar una foto de la ciudad sola y beber del lago del pulso del corazón, tic tac que late adentro y que divisa el paisaje de la pesadilla, la atraviesa y la hermana con tambores, con el ritmo, la batería y las voces de un cosmos donde las culturas se entrelazan en un origen único y profundo. Somos árabes en América, somos religiones de dioses y de la tierra, somos el camino que no sabe a dónde llegará, pero avanzamos al son de un bajo, un bombo y un redoblante. “Asfixia” es un cuadro surreal donde todos participamos, somos la escena que busca al ser divino, el sentido, el giro de lo nefasto a lo lumínico en una palabra, una respuesta, un diálogo.
Mirar por la ventana y respirar observando las luces de la ciudad en la noche, en reposo, en concordancia con un sentido de pertenencia a la tierra: esto es “Antigua Tierra”. Acoger el momento, en la música y en las letras, para dar forma, como quien esculpe un respiro de paz, haciéndose voz del mundo, dando la mano, el abrazo, y convertir esto en canción. Al esculpir el momento de sentido con trazos de recuerdos de lo bello, se torna perenne, habitáculo al que ir, creación de la sangre cálida del corazón. La poesía está en la elasticidad de ese momento/escultura musical. Cada tono de su armonía es una luminiscencia. El sueño del creador compartiéndonos sus escenarios, su atmósfera de liviandad.
Si la ventana es la metáfora que sirve para hablar sobre “Antigua Tierra”, la tierra es la metáfora que sirve para hablar de “Ventana”, tema que sigue el sentido de ensoñación, delicadeza, inocencia, benevolencia y armonía, asistida por algunos tonos menores, ocasionalmente, como para no olvidar de dónde venimos y adonde iremos, pero en el entretanto, estamos allí, mirando por la ventana al mundo gris de la soledad de la pandemia, un mundo que se nos atraviesa en la garganta como nudo de nostalgia sin fin, y que reconocemos a lo lejos, como horizonte de alegría que se nos olvida, pero que podemos ratificar al escuchar este tema. “World music”, es una etiqueta casi redundante y no suficiente, (así podamos enmarcar este tema y el álbum entero en ella). Podría decirse más bien “World´s voice”, “World´s expression”, una mezcla exquisita de lo humano sin fronteras de razas ni credos, y la vez con todos los credos y el espíritu ascendiendo. Gregorio es atravesado por las voces del mundo y él es su medio, el ser que deja devenir lo que vivimos hoy a través de él, y lo pinta en la creación y encuentro de su música.
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“Sin miedo”, tema que le da título al álbum, es el llamado a la vida en medio de la caverna, donde, como los encadenados del mito platónico, miramos sombras que nos lanza constantemente el orden mundial. Es un poema de energía y ánimo para los escuchas, que camina sobre una instrumentación que encanta, con ecos de nostalgia del bandoneón, y que invita a ver de frente, a despertar sobre la brevedad de la vida, sobre la posibilidad del amor, y a saber que todo es un juego, como en inglés: “play”: tocar música, jugar, la vida en estos dos verbos. Es invitar a amar, imaginar “un lugar donde nos volvamos a encontrar”. Este tema es la voz del sentimiento de los encerrados que Gregorio ha escrito con lo que ha sido su forma de ser y de ver al mundo: el afecto, el ánimo, la comprensión, el optimismo. En tanta delicadeza y belleza debemos nombrar la fuerza de su autor, fuerza que el mundo entero necesita y pide a gritos hoy.
“Duermevela”, ritmos del mar, viaje al verde de los territorios del viento, del aire. Esta miniatura es un amanecer en la Sierra, en la ilusión de estar con los elementos en la piel, agua, sol, arena, sombras de palmeras y bosques, imaginándolo desde la ciudad, desde el barrio y el silencio, desde dónde salta al trampolín del cielo, abriendo la jaula para que vuele el pájaro de la selva.
“Lupe”, la que sí vino, es cantada por una voz femenina que se asocia de inmediato con la Lupe misma. Este drum n bass con aires de ritmos Caribe, es alegre, recuerda fusiones hechas en la Bogotá de otros tiempos. El gusto y el manejo excelso del productor (Gregorio) es la afirmación de su escucha, de sus apuestas creativas e imaginativas. El toque femenino enamora, seduce, acerca la tierra al aire. “Lupe” parece ser la habitante necesaria de este mundo de confinados, quiere ser amada, salir, imaginar, comer, vivir, y nosotros, los escuchas, vivir a través de ella, de sus palabras, su cuerpo y belleza que no se describen en la canción pero que reconocemos de inmediato al escucharla.
“Circular 1920” es el manifiesto político del disco. Es de mis favoritos. Los diálogos grabados con palabras sueltas, un poco al azar y a la vez con sentidos, construyen la estructura del grito, la revolución, la rebelión, y en especial la fuerza de su ritmo. El coraje y la danza salvaje son otorgados por esta electrónica post-punk a quien la oye. Se imagina uno que “Circular 1920” es la repetición del dominio del poder político sobre la gente, y más aún en estos momentos de aislamiento social, cuyo aroma, por así decirlo, atraviesa y toca, y se siente en la música, tanto de este tema como del álbum. Son cien años que necesitan un rayo, una transformación que se alimente del fuego de este baile de sótanos y de bajos. El cuerpo es el instrumento que libera y lidera, en la fiesta del fin del mundo, el nacimiento de la protesta. Es la rabia, el espíritu que avanza, que pisa fuerte, que se mueve para descolocar al orbe, para hacer brotar las raíces y darles pies, para que brinquen, azoten, emerjan, quemen y sean Dionisos del nuevo tiempo.
“Carta” es un mensaje para descifrar en la belleza de los sonidos, de la ambientación, de nuevo magistral, de la producción. En este juego de cuerdas con la voz hay un libro. Una “Carta” que llega después del tiempo. Es el sobre donde leemos lo que querríamos esperar. Es juego de esperanzas que atraviesan paisajes para llegar a la puerta. El recuerdo del sol sobre otros lugares. Escrita con la tinta de la nostalgia, como quien sopla el cristal ardiendo, forma a esferas brillantes. La “Carta” es el abrazo antes de dormir. Es la libertad de ser el medio de la música, de hacer equipo con los seres livianos alrededor, genios, objetos, montañas, seres que Gregorio tiene en tanta cantidad como amigos en este mundo. “Carta” es el canto a la amistad, a la unión de lo que podría parecer lejano e irreconciliable.
“La niña del árbol” la conocí dando sus primeros pasos. Como las niñas que suben a los árboles, es sutil y delicada. Vemos el árbol encima de una ladera. Está en el límite entre la tierra templada y la tierra caliente. El árbol tiene frutos blancos. La fascinación está en lo primoroso del juego de las luces y la infancia en los árboles. Esta canción tiene su video con sólo cerrar los ojos (y podría afirmarse del disco completo lo mismo). La producción anuncia aquí sus certezas, sus aciertos, su imaginación sonora.
Gregorio Merchán es pintor de escenarios, de atmósferas, demoledor del miedo, escultor de momentos, dador de vida y de posibilidades, y esta es su carta musical, su as, que es su mango, que estábamos esperando desde hace tiempo.
Por: Alfredo Durán
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